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Artículo
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Por Jaime
Maristany - Diario LA NACIÓN
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Gestión: La conciencia del propio valor
Como siempre las cosas más difíciles son las más evidentes. Tener
conciencia del propio valor, saber lo que uno puede dar de sí mismo y
aplicarlo, no ocurre frecuentemente. Los seres humanos tendemos a
considerarnos menos valiosos de lo que somos o a sobrevolarnos hasta límites
ridículos. Entre estos extremos está la realidad, en algún punto. Cuanto
más clara sea nuestra propia consideración seremos más capaces de hacer
bien las cosas.
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Lamentablemente las empresas tienden a desvalorizar a sus recursos humanos.
Por algunos que se sienten bien hay muchos que se sienten mal, tratados sin
consideración, atacados en su autoestima, cuando no directamente
maltratados.
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Frente a esta realidad las compañías suelen adoptar una de dos posiciones:
o bien niegan el conflicto y consideran que la gente está bien, o piensan
que no es importante que su personal esté a gusto en la empresa. La primera
posición niega, mientras que la segunda discute.
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Para los que dicen que la gente está bien basta con realizar una encuesta
de clima para que pueda saber en qué medida esa premisa es cierta. Siempre
y cuando la haga como corresponde, es decir de manera completamente anónima.
Para el otro que discute si conviene que las personas deben estar bien,
podemos decir que es cierto que no hay una correlación entre satisfacción
y productividad, pero que en cambio hay una correspondencia entre
insatisfacción y productividad.
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Las huelgas, las tuercas en los engranajes, los papeles que se pierden, los
malentendidos, los miles de actos que en una empresa muestran el poco interés
o la bronca que las personas tienen son elementos suficientes para que se
pueda ver sin más que la gente insatisfecha, la gente que no está a gusto,
no trabaja bien.
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Pero cambiar la situación es muy difícil porque los actos que hacen sentir
mal a las personas hacen sentir bien al que los realiza. La sensación de
poder, el narcisismo o aun la crueldad del jefe, así como también los
sistemas de control y las exigencias corporativas, hacen sentir mal muchas
veces.
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No es fácil que una persona opte por sentirse bien con los resultados y no
con su imagen dando órdenes, y es aun más complicado disminuir los puntos
de control innecesarios o dar los tiempos convenientes para que las cosas
salgan adecuadamente. Por eso es tan difícil que las empresas ayuden a que
las personas se valoren y trabajen mejor.
Por Jaime
Maristany - Diario LA NACIÓN
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