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Por José Enebral Fernández - Contáctese con Nosotros
La escondida
autotelia del directivo
En pos de nuestro desarrollo profesional,
resulta necesario conocer el perfil más idóneo de los directivos
y trabajadores de nuestro tiempo, considerando que nos ha tocado
contribuir al tránsito de la era industrial hacia la emergente
economía del conocimiento y la innovación: una nueva economía
que parece caracterizarse por el uso de la información como
materia prima esencial, el conocimiento como valor diferencial y
la innovación como exigencia. En esta nueva situación, y puestos
a agregar calificativos al perfil del directivo ideal, parece
oportuno el de “autotélico” y veremos por qué.
El concepto de autotelia (finalidad u objeto de un acto en sí
mismo) ha de ser explicado en nuestro contexto. En principio, un
viaje en globo sería autotélico, porque nos importa más el
trayecto que el destino; pero un viaje en avión resulta
típicamente exotélico: lo hacemos para llegar, lo antes posible,
a un destino, y no resulta sencillo disfrutar del trayecto. La
autotelia parecería más vinculada al juego (o al arte), en cuya
ejecución disfruta el individuo (resolviendo un sudoku, por
ejemplo), y no tan aplicable al trabajo. Se diría que trabajamos
para algo, para alcanzar resultados, para ganar dinero; que el
trabajo es un medio y no un fin en sí mismo. Pero el hecho es
que podemos disfrutar más en el trabajo que en el ocio; hay
estudios al respecto, aunque también haya quien con fundamento
lo cuestione.
El individuo ante su ejercicio profesional
En su libro La auténtica felicidad, Martin Seligman se pregunta
cómo enmarca una persona el trabajo en el conjunto de su vida, y
nos recuerda que los expertos distinguen entre un trabajo, una
carrera y una vocación. En esta división, el trabajo es visto
como un medio para cobrar un sueldo a fin de mes; la carrera
añade elementos de prestigio y poder, y finalmente la vocación
“constituye un compromiso apasionado con el trabajo por él
mismo”. La vocación, en suma, recoge, por decirlo así, el
concepto de autotelia y facilita el disfrute profesional.
Sírvanos entonces el concepto para referirnos a la conjunción
entre la inexcusable efectividad y la deseada satisfacción
profesional, sin olvidar por ello que ambos propósitos
—efectividad y satisfacción— dependen de muchos factores. Unas
actividades son más autotélicas (docencia, decoración, cirujía,
cocina, peluquería, investigación científica…) que otras (las de
abogados, vigilantes de seguridad, camareros…), pero casi
siempre podemos vivir con mayor intensidad el aquí y ahora de
cada tarea, y, por decirlo así, saborearla; incluso en el caso
del personal directivo, al que solemos asociar más con la
carrera que con la vocación. En efecto, pensando sobre todo en
pequeños empresarios y en directivos intermedios, y alejándonos
desde luego del politiqueo frecuente en grandes organizaciones,
se abre espacio para la vocación y la autotelia.
Cada individuo constituye un caso singular, y no deberíamos
generalizar demasiado. Los directivos suelen compartir funciones
diversas de gestión-administración con tareas más orientadas a
las personas, es decir, al rendimiento colectivo de su área de
responsabilidad; cabría relacionar con la satisfacción más a las
últimas que a las primeras, pero también depende todo de la
personalidad del individuo, que puede ser más o menos autotélica.
Tal como podemos dar un sorbo de vino en la mesa mecánicamente,
sin pensar en ello, podemos igualmente concentrar la atención y
extraer agradables sensaciones organolépticas: ¿cómo disfruta
más del vino? Sin duda, saboreándolo. Sonará discutible la
analogía, pero —no sólo el profesional o trabajador— también el
directivo o empresario puede vivir con más intensidad cada
instante de su desempeño cotidiano, en vez de sucumbir a la
ansiedad tras los logros perseguidos; puede evitar dispersiones
y alinear los esfuerzos; puede, en su caso, aprender de los
fracasos, y evitar otros; puede, en suma, mostrar disposición o
actitud para el disfrute profesional y conseguirlo más a menudo.
El adjetivo que manejamos no sugiere perder la perspectiva
(también en el juego pretendemos ganar), pero invita a vivir
cada momento con la necesaria presencia (mindfulness), sintiendo
que contribuimos a la colectividad, que nos cunde, cultivando
relaciones, asegurando compromisos, resolviendo dificultades,
detectando oportunidades, escuchando la voz de la intuición,
saboreando cada pequeño paso hacia las metas y aun regalándonos
momentos de hilaridad. Cuatro elementos clave, entre otros:
• Las fortalezas personales, cuya práctica nos gratifica.
• La presencia auténtica, con la atención debidamente
administrada.
• El saboreo (evitando la complacencia), por legítimo y
placentero.
• La intuición, que, cuando es genuina, nos guía.
Al predicar la autotelia y de entrada, proponemos vivir cada
momento sin que una excesiva obsesión por las metas a alcanzar
nos reste presencia y satisfacción profesional. Lo dice el
psicólogo americano de origen húngaro Mihaly Csikszentmihalyi,
hablando de la calidad de vida: “El problema aparece cuando las
personas se obsesionan tanto en lo que quieren conseguir, que ya
no obtienen placer con el presente. Cuando esto sucede, pierden
su oportunidad de ser felices”. Cada sujeto tiene su
personalidad, pero ésta es modelable y cabe cultivar la
autotelia.
El individuo ante sus metas
Además de distinguir los objetivos empresariales de los caminos
que a ellos nos conducen, y dejar espacio al disfrute
profesional en las etapas del trayecto, la autotelia nos mueve
ciertamente a distinguir unas metas de otras. Hay unas metas
—las profesionales, las vocacionales— que pueden hacer la vida
más placentera, y otras —las de carrera, las de negocio— que, en
general, la hacen menos: veamos. Déjenme hablarles de un sector
como ejemplo, y luego haremos el despliegue a otros.
Siempre me ha llamado la atención la carga de vocación y
autotelia profesional presente en el sector del vino. No sé si
parecerá una imagen mía muy particular, pero, además de las
cooperativas locales, yo veía en los años 90 (por entonces era
muy aficionado a los buenos vinos) grandes o pequeñas empresas
familiares, orgullosas de sus caldos y empeñadas en ofrecer la
mejor calidad posible, para mayor prestigio de su bodega y de su
región. En su cara llevaban los empresarios la satisfacción por
sus vinos. Recibía yo regularmente la revista Vino y
Gastronomía, y todavía conservo ejemplares. Veía empresarios y
profesionales que no hablaban de beneficios, ni de las ventas,
ni de la compra de otras bodegas en su afán de crecer, ni de la
conquista de nuevos mercados; hablaban de sus caldos, de su
historia, de su tradición, de las variedades que cultivaban, de
las lluvias o la sequía sufrida, de la superación continua.
Por el contrario, hace un par de años leía entrevistas a
directivos de unas conocidas bodegas que habían cambiado de
propietarios, y me sorprendió que se hablara, sobre todo, del
presupuesto de marketing, insistentemente del ebitda, del
desembarco en nuevos mercados, de la compra de otras bodegas, de
logros económicos futuros, de la política de Denominaciones de
Origen. Quizá la explicación esté en que el presidente de estas
bodegas lo era también de una sociedad de capital riesgo, había
presidido igualmente otras sociedades en otros sectores, y era
consejero de importantes grandes empresas; pero el hecho es que
me impactaron las declaraciones.
He querido mostrarles dos modos distintos (y legítimos) de
vivir-sentir la empresa: como medio de contribuir a la
satisfacción de las necesidades y expectativas de la sociedad, o
como medio de generar beneficios a los empresarios y accionistas
(shareholders). Identifico el primer caso con la autotelia
profesional (hacemos un vino para que guste), y el segundo con
la exotelia (hacemos vino, o cualquier otra cosa, para ganar
dinero). Creo que se disfruta más cuando uno se concentra en
satisfacer a más personas (los stakeholders), pero también hay
que recordar que hay puntos intermedios entre ambos extremos.
Podemos extender en efecto la reflexión a otros sectores, y
dedicarnos a fabricar zapatos más cómodos, coches más seguros,
remedios para enfermedades, casas sin goteras, monitores de
pantalla plana, electrodomésticos de bajo consumo, máquinas
silenciosas, etc., o a conquistar mercados, a reducir costes e
incluso plantillas, a mejorar el ebitda o el ROI, etc. Se
pensará que hay que hacer ambas cosas: satisfacer expectativas y
generar beneficios; así es, pero, tal como aquí le describimos,
el directivo autotélico aproxima su atención más a lo primero
(el fin es la satisfacción del cliente y la ganancia es una
consecuencia) y quizá al largo plazo, y el exotélico más a lo
segundo (la ganancia es el fin y los medios son diversos) y al
corto plazo.
Por supuesto, en cada empresa de cierto tamaño ha de haber
directivos ocupados en las áreas financieras o administrativas,
y otros más próximos a la producción y las operaciones; pero
todos —en todas las funciones de la empresa— pueden vivir su
razón de ser pensando en su contribución a la sociedad y en la
satisfacción de sus clientes, o pensando especialmente en los
beneficios a repartir a casi toda costa. En una empresa
determinada, cada directivo podría ser autotélico o exotélico (y
hasta filatélico, pero en su ocio) con cierta independencia del
puesto que ocupara, y dependiendo en buena medida de su
personalidad; pero más comúnmente es la cultura de la empresa (o
el perfil del primer ejecutivo) la que puede acabar determinando
la opción.
Igualmente y desde luego, los trabajadores pueden vivir su
actividad profesional pensando en la compensación que reciben y
en cómo incrementarla, o bien pensando en su realización
profesional, la mejora de su desempeño y la consiguiente
satisfacción de sus clientes internos o externos; pero nos
centramos en estos párrafos en la figura del directivo, y
concretamente en su orientación autotélica: en un íntimo
sentimiento de bien entendida profesionalidad, orientada a la
colectividad.
El perfil autotélico del directivo
Ya hemos sugerido que nuestro directivo persigue metas de
contribución a la sociedad y satisfacción de los clientes, y que
también encuentra satisfacción en su camino hacia ellas: en la
actividad cotidiana. Obtiene satisfacción de sus relaciones, de
sus pequeños logros, de la solución de problemas, de las ideas
valiosas, de las decisiones acertadas, de la sinergia colectiva;
se siente bien elaborando un informe, diseñando un plan,
visitando a un cliente, haciendo una presentación, cerrando un
acuerdo, adquiriendo nuevos conocimientos, resolviendo dudas,
recordando un detalle, cumpliendo un trámite, ayudando a un
colega o colaborador… Hagamos una lista de rasgos descriptivos.
El directivo autotélico a que nos referimos, en beneficio de su
efectividad profesional y de su satisfacción:
-
Vive con autenticidad el aquí
y ahora, sin perder perspectiva.
-
Cree en lo que hace y en las
metas que elige.
-
Se concentra, se involucra,
se sumerge en cada tarea.
-
Es socialmente responsable.
-
Aprende y se desarrolla
continuamente.
-
Saborea los logros sin
incurrir en complacencia.
-
Gestiona debidamente su
atención y su intención.
-
Cultiva las emociones
positivas.
-
Muestra buen humor y
confianza en sí mismo.
-
Se mueve por el principio
ganar-ganar.
-
Asume retos y su motivación
es intrínseca.
-
Aprovecha la intuición y la
concilia con la razón.
-
Cultiva el orden y la paz en
su conciencia.
-
Es un pensador reflexivo,
crítico y creativo.
Podría pensarse que todos estos rasgos —intelectuales,
emocionales e incluso espirituales, todos de carácter
intrapersonal— ya deben estar catalogados en el perfil del
líder, tan manejado para describir al directivo-modelo de
nuestros días: todo depende del significado que demos al
concepto de líder. En la medida en que observáramos el liderazgo
como fortaleza estrictamente interpersonal (guiar a los
colaboradores), podríamos encontrar perfiles autotélicos ajenos
al ejercicio del liderazgo; mientras que si consideráramos la
dimensión intrapersonal del mismo (liderarse a sí mismo), la
orientación autotélica que aquí describimos sería un componente
importante —entre otros—, al que valdría la pena dedicar mayor
atención.
De modo que situamos decididamente la autotelia dentro del
perfil intrapersonal de todos aquellos profesionales que
persigan la efectividad profesional, sin menoscabo de la
deseable calidad de vida en el trabajo, para sí y su entorno de
influencia. Obviamente, estos objetivos —efectividad y
satisfacción— dependen asimismo de otros elementos endógenos y
exógenos, pero el perfil autotélico propicia estados de sinergia
entre el alto rendimiento y el disfrute por la tarea. Bien
estudiados por el profesor Csikszentmihalyi, los estados de
fluidez —alto rendimiento y disfrute— presentan, como sabemos,
estas características:
-
Se producen cuando encaramos
desafíos que podemos asumir.
-
Estamos absolutamente
concentrados en la actividad.
-
Hay proceso por el que
avanzar, y progresamos.
-
La actividad nos procura
realimentación inmediata.
-
Nos parece que estamos
superando el reto con sorprendente facilidad.
-
Nos despreocupamos de los
riesgos o peligros que la actividad conlleva.
-
Perdemos la noción de
nosotros mismos.
-
El sentido de la duración del
tiempo se altera.
-
La actividad adquiere
relevancia y constituye un fin en sí misma.
-
Sentimos cierta íntima
euforia de triunfo.
Con mayor o menor intensidad, podemos tener estas sensaciones a
menudo en el trabajo, si encajamos en el perfil que en estas
páginas describimos. Parecería más propio del nuevo trabajador
del conocimiento —leal, sobre todo, a su profesión— que nos
describía Peter Drucker; pero también cabe favorecer la
autotelia en los ejecutivos y directivos, cuya calidad de vida
demanda, quizá en general, urgente atención.
Comentarios finales
¿Qué más decir, para terminar, de la autotelia en el desempeño
profesional? Podemos, en síntesis, relacionarla con el esmero
profesional, con el apego por las cosas bien hechas y las
soluciones novedosas, con la integridad, con el cultivo de
nuestra dimensión de seres humanos. No viene este concepto a
sustituir a ningún otro de los que se postulan en los perfiles
competenciales, pero sí a llevar nuestra atención sobre la
dimensión del ser humano, la función social de la empresa y la
satisfacción de los clientes.
Naturalmente, una organización de perfil exotélico no pondría
mucho empeño en declararlo, y en general damos por supuesta la
autotelia corporativa; pero el hecho es que los medios de
información nos advierten a menudo de corrupciones, de empresas
que estafan a sus clientes, de directivos neuróticos, psicópatas
o narcisistas, de mobbing, de burnout, etc. La autotelia nos
lleva a poner en la empresa, junto a la experiencia y la razón,
el corazón y la intuición; a identificarnos con lo que hacemos,
y aun a sentirnos orgullosos; a generar emociones positivas y
neutralizar las negativas de nuestro entorno. Se alinea con la
ética como norma social, y con la integridad como fortaleza
personal; con el bien común, con el sentimiento colectivo que
quizá teníamos más desarrollado cuando empezamos a erguirnos en
la sabana.
Lo decíamos al principio: emerge una nueva economía que parece
caracterizarse por el uso de la información como materia prima
esencial, el conocimiento como valor diferencial y la innovación
como exigencia. Los perfiles de directivos y trabajadores están
evolucionando de forma considerable y una nueva relación entre
ellos se va consolidando. Puede que haya que renovar
continuamente los modelos líderes-seguidores, en beneficio de un
mayor protagonismo de todos, de un mayor peso para la
inteligencia intrapersonal del individuo (en la que ubicamos la
personalidad autotélica). Se ha venido predicando la importancia
creciente de las relaciones personales en el desempeño
profesional, pero no podemos olvidar la relación con nosotros
mismos y la asignación de un sentido gratificante a lo que
hacemos.
Por José Enebral Fernández- Consultor- Alta Capacidad
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