Por Elba Alicia Machado - Contáctese con Nosotros
Soy tu biblioteca
- Juan José Saer- “Ligustros en flor”
Hoy quiero que conversemos sobre un cuento de Juan José Saer que
pertenece a Lugar y que se titula “Ligustros en flor”. Leyéndolo
me he preguntado: ¿hasta dónde llegan los límites de la
creación? y he descubierto que la creación no tiene límites. Y
esto no sólo para el creador sino también para el lector.
Te explico, cuando leemos vamos creando imágenes propias,
personales, que serán muchas o pocas, similares o diferentes en
cada lector. Se podrán escribir nuevos relatos a partir de la
lectura y eso es lo que un autor como Juan José Saer provoca con
su literatura… y es que la buena literatura es siempre
inspiradora.
Como suelo decirte, no dejes de leer el cuento, yo te daré sólo
una síntesis y si dejaras de hacerlo, perderías la intimidad de
su esencia.
La historia es la siguiente:
Una noche, un astronauta examina sus pies y los compara con esos
mismos pies caminando por la superficie de la luna. Reconoce con
esta comparación que sus pies son más misteriosos que el
universo entero. Él había explorado la órbita lunar en dos
oportunidades con sus compañeros Brown y Wood, pero un
desperfecto en las cámaras de televisión no permitió que se
trasmitiera el alunizaje y la exploración cayó en el olvido.
Esto hizo que con el tiempo, hasta él dudara de haber efectuado
ese viaje y supo que la misión de clavar la bandera de su país
en la superficie lunar le confirmaba que todos los miembros del
programa espacial estaban locos
Él había realizado un estudio, jamás editado, donde demostraba
que el interés comercial y militar de la conquista del espacio,
siendo el más alto, (95%) correspondía al nivel moral de la
humanidad y que el filosófico y el científico por muy bajos,
eran casi inexistentes.
Por supuesto, las personas que creían conocerlo opinaron que el
astronauta, al observar a los hombres desde arriba, había
descubierto su tamaño verdadero y caído en la misantropía (odio
a la humanidad) Él negó la afirmación aclarando que esas no son
las evidencias que se descubren desde el universo. Lo que había
aprendido era acerca de sí mismo. Supo que el conocimiento tiene
un límite y que en las investigaciones científicas el progreso
es escaso. De la Luna o de Marte apenas había aprendido dos o
tres cosas, en cambio sobre uno mismo, se sabe mucho más hasta
cuando se deja el pueblo natal y se marcha a una gran ciudad o a
otro continente.
Además supuso que de encontrar hombres en la luna como en África
o en América, se los habría reducido a la esclavitud o hubieran
acabado con ellos. Su conclusión entonces, era que si los
hombres fueran mejores, habría valido la pena ir a la luna.
Tampoco el viaje le había producido un entusiasmo más grande que
haber visitado las cataratas del Iguazú o el desierto de Gobi.
La única maravilla auténtica había sido para él que, durante
millones de años, las huellas de sus zapatos quedarían impresas
en el suelo lunar.
Ahora sabía que había un costado negro en esas huellas que
solían apoderarse de sus insomnios o de sus situaciones sin
salida, instalándose en la zona clara de su mente.
Recordó que en aquella caminata por la luna, su principal
ilusión era saber algo sobre ella y que en esa búsqueda había
sido indiferente a la presencia lejana de la tierra. Se había
sentido desconocido y tuvo la impresión de que la materia lunar
que recogía con una palita, era tan extraña como la yema de sus
dedos, los cinco sentidos o él mismo.
¿Para qué ir tan lejos a develar misterios? Este era su
pensamiento tiempo después, cuando paseando por las polvorientas
calles de su pueblo natal advirtió que sus huellas se
desvanecían rápidamente. Supo que un día cualquiera, la vejez le
daría cita en una de esas esquinas desiertas. Tan misterioso
como caminar por la luna era la caminata en esa noche de
primavera en la penumbra apacible de los árboles. Reconoció que
le gustaba más ver la luna desde allí: redonda, brillante y
amarilla. Allá arriba no había mejorado su conocimiento y desde
acá seguía siendo un enigma, pero un enigma familiar como sus
pies, o como el enigma de que haya una planta a la que llaman
ligustro y que cuando florece, el universo entero se huele. Se
huelen las flores ya marchitas de tiempos inmemoriales y también
las constelaciones más lejanas y las infinitas por venir. Todo
se huele, el instante y la eternidad. Y también gracias a ese
olor, por un extraño proceso de asociación, su vida entera se le
hizo presente al pasar junto a un cerco.
Lo sintió en esa oscuridad tibia y fugaz.
¿Cómo se hace para escribir como Juan José Saer lo ha hecho en
este cuento? Realmente es admirable. El último párrafo del
relato me recordó un escrito de Borges, más parecido a un ensayo
que a un cuento, se llama “Nueva refutación del tiempo” en él,
también Borges hace alusión a una callecita con aroma a
eternidad y rescata la sencillez misteriosa de la vida.
Siempre me maravilla el oficio de escritor; fijate que Saer, a
partir de una observación común, comienza a armar el relato.
Pies y luna, aspectos tan disímiles para tratar de descubrir los
misterios más simples. Sin embargo no es casual que haya elegido
esos dos extremos. Nuestros pies nos acompañan desde que
nacemos; nos trasladan, nos llevan a la luna pero no permiten
que olvidemos el primer suelo, nuestro suelo natal. Esto es muy
común en los cuentos de Saer, así como la alusión a la zona, que
aunque en este caso la relacione con la mente, suele ser el
cable a tierra que nos conecta con nuestras raíces.
Hay constantes que se repiten en Saer la unión de antinomias,
por ejemplo: lo simple y lo misterioso. Aparentemente lo simple
no encierra ningún enigma, sin embargo lo que nos está diciendo
el autor, es que también la simpleza es misteriosa.
Luego establece un juicio de valor, mediante el cual revela la
locura de los organizadores de la misión, la falta de interés
del hombre por un conocimiento más profundo, y su marcada
elección por el poderío y lo material.
Hay desilusión en el personaje y aún aquello que le da cierta
alegría, se empaña en esa “zona clara de su mente” en la que sus
huellas permanecerán, cuando él ya no esté, con su forma
“obcecada y autónoma” como si su propia identidad trascendiera
su ausencia. Algo así como lo que sucede con los escritores y su
obra ¿no te parece?
¡Qué reflexiones tan interesantes las del astronauta! Cualquiera
de nosotros hubiera imaginado que nada era más misterioso que
ese paso por la luna, sin embargo, él descubre que nosotros
mismos somos el misterio más inaccesible. ¿Por qué será que
siempre queremos saber más acerca de lo que tenemos lejos y no
vemos, ni analizamos lo que tenemos cerca?
El último parágrafo del cuento, lleno de belleza, habla del
tiempo, de su fugacidad y su eternidad.
Juan José Saer unió cielo y tierra “eternidad e instante” Ir a
la luna no había sido productivo para el astronauta, sus
expectativas fracasaron pero gracias a ese viaje descubrió no
sólo al hombre que él era, sino a la humanidad; no sólo al
universo cósmico, sino al universo terrenal.
Del hombre aprendió que el poder es su primer objetivo y que no
debería ser así o por lo menos no sólo así, aprendió también que
hay cosas que perduran como sus huellas en la luna y que eso es
más importante que clavar una bandera. Supo que en la tierra,
hermana del cielo, hay también un universo; que el perfume de
las flores del ligustro de su pueblo natal, ha sobrevivido a
miles y miles de generaciones, que el aire primaveral puede
traer el aroma de las estrellas, y que todo esto por repetición
y por asociación, trae a la conciencia lo vivido.
Por
Soy tu Bibilioteca – Recreo Literario
Elba Alicia Machado.
|