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Por Soy tu Bibilioteca – Recreo Literario Elba Alicia Machado-
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Una Aventura Parisiense - Guy
de Maupassant
Querida amiga, creo que tu interés por la obra literaria te está
convirtiendo en una experta lectora. Tal vez ya puedas
vislumbrar ciertos rasgos comunes entre algunos autores.
Probablemente también puedas reconocer, escuelas, estilos y
semejanzas en los contenidos. El cuento que elegí para hoy es de
Guy de Maupassant y si recuerdas “La corista” de Anton Chéjov
comprobarás que hay cierta similitud en lo que Chéjov nos cuenta
y lo que yo te contaré hoy. También reconocerás el realismo que
tanto Chéjov como Maupassant manejan en los relatos y que su
estilo narrativo es semejante. Te aconsejo que refresques tu
memoria volviendo a leer aquel artículo sobre Chéjov y te
asombrarás.
El cuento de Maupassant se llama: “Una Aventura Parisiense” y
pertenece a La Casa Tellier y otros cuentos eróticos.
Se trata de un texto simple, muy emparentado con la situación de
la mujer de aquella época, sus conflictos, sus aspiraciones; en
fin, ya podrás efectuar tu propia crítica. Maupassant lo publicó
en París en 1881.
El narrador comienza con un estudio acerca de las mujeres,
bastante subjetivo. Dice de ellas que su sentimiento más agudo
es la curiosidad y que cometerán todas las locuras y no
retrocederán ante nada, con tal de satisfacerlo. Luego de una
digresión más o menos larga dedicada a la mujer, aclara que nos
va a contar la aventura de “una provinciana vulgarmente honesta
hasta entonces”. Llevaba una vida tranquila, tenía un marido muy
ocupado y dos hijos a los que criaba de manera irreprochable. A
pesar de ese bienestar, se sentía insatisfecha, tenía curiosidad
por lo desconocido, pensaba frecuentemente en París, leía todo
lo que tenía que ver con el mundo placentero de las reuniones
sociales: las fiestas, los lujos, los vestidos. Luego, en la
cama junto a su marido, oyendo sus ronquidos, viéndolo con un
pañuelo atado a la cabeza, se imaginaba a sí misma junto a otros
hombres, esos que aparecían en las primeras planas de los
diarios, y sentía que envejecía sin haber conocido nada de la
vida.” Se preguntaba si moriría sin haber conocido todas esas
locuras pecaminosas… sin haberse arrojado una vez, una sola vez
a esas voluptuosidades parisienses”. Decidió entonces inventarse
un viaje a París, se hizo invitar por unos parientes y partió
sola ya que su marido no podía acompañarla debido a sus
ocupaciones. Una vez allí dijo haber encontrado amigos que
vivían en campiña, para de ese modo poder ausentarse dos noches.
Recorrió la noche de París, sus bulevares, observó los grandes
cafés, no encontró orgías de artistas. Sus parientes, pequeños
burgueses, no tenían ningún contacto con esos renombrados
personajes de la noche y los placeres. Decepcionada, pensaba en
volverse cuando bajando por la calle de la Chausée d’Antin, se
detuvo ante una tienda de objetos japoneses: marfiles grotescos,
jarrones esmaltados, bronces raros.
Dentro del negocio, el dueño, con muchas reverencias mostraba a
un hombre grueso, calvo y de barba blanca, un monigote ventrudo,
que según decía era una pieza única.. El comerciante, se ocupaba
de repetir sin cesar el nombre de Jean Varin, el famoso
escritor, para atraer a la clientela. La mujer ante semejante
presencia, entró con la vista clavada en Varin, sin importarle
si era guapo, elegante o joven. El comerciante había rebajado la
pieza como una atención especial al ilustre cliente. El
coleccionista, mientras tanto, vacilaba entre la posibilidad de
la compra y el precio dado por el vendedor. Finalmente decidió
que no lo compraría porque le resultaba muy caro. Fue ese el
momento en el que la mujer hizo notar su presencia y enloquecida
de audacia preguntó cuál sería el precio para ella. El
comerciante subió el precio a su valor inicial y la mujer compró
la pieza. Recién en ese momento el escritor reparó en ella; “una
mujer que compra una chuchería por mil quinientos francos no es
una cualquiera”. Luego de unas disculpas de ella porque tal vez
él no había dado su última palabra respecto a la compra y de la
aclaración del cliente en cuanto a que ya la había dado, ella le
promete que si llegara a cambiar de opinión el objeto sería
suyo. Enseguida da muestras de haber reconocido al autor y le
habla de la admiración que experimentaba por sus libros. Ella
estaba encantada de que la vieran conversando con un famoso. Su
audacia llegó al extremo cuando en un arrebato de generosidad le
regala al escritor el monigote que éste rechaza rotundamente. La
mujer insiste de manera irritante, pero el escritor no cede,
finalmente acepta no dárselo con la condición de que él
cumpliera ese día con todos los deseos de ella. Como al hombre
le pareció divertida la propuesta, aceptó. Inmediatamente la
mujer le pregunta que cosas haría el resto del día y, dando
órdenes al cochero cumplió junto a él con todos los quehaceres
programados. Fueron al bosque, luego a tomar un ajenjo, más
tarde a cenar y finalmente al teatro Vaudeville al que entraron
gratis gracias a él. Todo el mundo la pudo ver sentada a su lado
en un palco. La mujer estaba en la gloria, el escritor le había
presentado a conocidos y colegas. Al finalizar el día ella
volvió a preguntar “¿Qué hace usted todas las noches?” El
escritor titubeando respondió que volvía a su casa. Y ella
riéndose exclamó “volvamos a casa”. A pesar de la firme voluntad
de llegar hasta el final, ella se estremecía y temblaba de pies
a cabeza. De a ratos quería huir y en otros quedarse. En cuanto
estuvo en el dormitorio ella se metió en la cama y se acurrucó
contra la pared. Era tan simple como puede serlo la esposa de un
notario de provincias, él, por el contrario se mostró muy
exigente y no se entendieron. Él se durmió y ella contempló a
ese hombre rechoncho que roncaba con largos resoplidos mientras
un hilo de saliva corría por la comisura de sus labios
entreabiertos. Ella pensó en su marido.
Al amanecer se levantó, se vistió, abrió apenas la puerta que
rechino despertando al hombre. Le preguntó si se iba y ella
confundida respondió que ya era de día, entonces el hombre le
preguntó porque había hecho eso y ella respondió “quise
conocer…. el vicio…y bueno….no es muy divertido” y escapó del
lugar.
Los barrenderos en la calle barrían toda la basura y la
empujaban al arroyo. Ella sintió que también en ella barrían
algo, que empujaban sus ensueños al arroyo.
Regresó helada a su casa recordando sólo aquellas escobas que
limpiaban París por la mañana…. y sollozó.
Como verás este es un cuento de escritura simple, tradicional en
su estructura, con un argumento aparentemente sencillo pero que,
estoy segura, cuando lo leas encontrarás muchas más cosas de las
que yo te he contado. Veámoslo juntas.
Es importante tener en cuenta algunos rasgos característicos del
autor. En este aspecto la opinión de muchos académicos es
separar al autor de sus textos pero esos textos a veces no son
casuales. Con esto quiero decir que todo influye en la obra de
un autor, desde su entorno más cercano, la familia, hasta la
sociedad y la época en la que le tocó vivir. Sabemos que mucho
tuvo que ver su madre en la elección de su oficio y que ella era
muy amiga de Gustave Flaubert. De esas dos vertientes recibió
Maupassant su amor por las letras y su inclinación al realismo.
Por otra parte, es bueno tener en cuenta que a mediados del
siglo XIX, la República adoptó formas de vida más liberales para
la mujer. El modelo predominante era el de Emma Bovary y si has
leído Madame Bovary de Gustave Flaubert encontrarás muchos
aspectos similares en la personalidad de la heroína del cuento
de Maupassant. Lo más significativo de ambas protagonistas es el
hastío por la rutina diaria, el falso idealismo adquirido a
través de la lectura y el deseo de pertenecer a ese otro mundo
lejano y ajeno.
En “Una Aventura Parisiense”, la protagonista necesita
desplazarse de su verdadero lugar y tocar fondo para poder
resurgir purificada por su misma culpa. En el final, la imagen
de los barrenderos y de la basura, no es más que un recurso
simbólico para representar el estado anímico de la mujer y su
propia desvalorización, se sintió sucia, sucia por su proceder,
por su falta de sinceridad con ella misma, sucia por su
infidelidad, por la ausencia de su hogar. París deja de ser para
ella el lugar de ensueño para transformarse en un lugar sucio
que también tendrá que limpiar en su mente, el hombre famoso
pasa a ser un hombre común. Así, mediante la decepción y la
frustración descubre la verdadera dimensión de la condición
humana.
Como has visto, situaciones como esta sólo pueden evaluarse como
lo hemos hecho, en aquel contexto; hoy, en nuestro mundo, nada
es igual, en consecuencia otro sería el análisis de la
personalidad femenina y de sus circunstancias ¿No te parece?
Ahora quiero contarte algunas cositas más acerca de este autor.
En su juventud, Maupassant fue un joven lleno de vida y amante
de los deportes. Por la noche frecuentaba lugares sórdidos
buscando mujeres de baja extracción social. El tema de la
prostitución es recurrente en sus textos (aunque el autor que
más logró la novela de prostitución es Zola con Naná) Con el
tiempo Maupassant se convierte en misógino (aversión a las
mujeres) y este sentimiento aparece claramente expresado en sus
relatos. Vivió sólo cuarenta y tres años y acabó sus días en un
manicomio.
Tan rica ha sido su corta vida y habría tanto para hablar pero
ya lo haremos en otro momento.
Espero que esta charla literaria haya sido de tu agrado.
Hasta pronto.
Por Soy tu Bibilioteca – Recreo Literario Elba Alicia Machado
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